Deixa’m que t’expliqui una història… “Esterhazy” d’Irene Dische, Hans Magnus Enzensberger ; Michael Sowa

 

Des de la Sala infantil i juvenil de la Biblioteca Joan Triadú us volem recomanar alguns dels nostres llibres favorits I*** (d’ 11 a 13 anys). Històries d’humor, de fantasia, de misteri, d’aventures…

Anirem fent les recomanacions seguint l’ordre alfabètic d’autor: cada entrada del bloc, una lletra de l’abecedari. I compartirem amb vosaltres el primer capítol per enganxar-vos a la història.

Si voleu saber com continua… veniu a buscar el llibre a la biblioteca!

 

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Esterhazy : historia de un lebratito/ Irene Dische, Hans Magnus Enzensberger ; Michael Sowa. La Rioja : Fulgencio Pimentel e hijos ; 2015.

 

Un llebretó de l’alta burgesia austríaca deambula pel Berlín dividit a la cerca d’una esposa amb bona planta amb la que millorar la seva escanyolida i decadent estirp.

El nostre amic exercirà oficis tan precaris com animal de companyia o llebre de Pasqua mentre es pregunta si trobarà algun dia aquell Mur del qual tots parlen, als peus del qual viuen una llegendària colònia de llebres.

 
 

 

ESTERHAZY

 

 

A TODOS LOS NIÑOS QUE SEPAN LEER

La A en Esterhazy es tan larga como la oreja de una liebre, y la Z no es una Z, sino una S, tan mullida como el hocico de una liebre.

¡Tenedlo muy en cuenta!

Y para que no os olvidéis, os lo ruego, exclamad tres veces bien alto:

ESSTER-HAAASY  ESSTER-HAAASY  ESSTER-HAAASY.

 

 

Aunque no se sepa demasiado bien por qué sucede, las familias suelen tener hijos. Los Esterhazy no han dejado de tener hijos desde tiempos remotos. Hace doscientos años eran ya, probablemente, la familia más grande de Austria.

Gran estirpe, aunque, en fin, no en tamaño, sino en número. A decir verdad, los Esterhazy se habían ido haciendo cada vez más chicos con el paso del tiempo. Esto era debido a que, por desgracia, no comían suficiente lechuga, ni suficientes zanahorias, sino, casi exclusivamente, bombones, tartas, caramelos y pastel de manzana. Y por este motivo los protagonistas de esta historia eran muy pequeños, diminutos, pero también muy, muy inteligentes.

Al príncipe Esterhazy, entonces regente, le preocupaban en gran medida sus innumerables hijos y nietos. En las zapaterías se burlaban de ellos, porque hasta los zapatitos de bebé les venían grandes; les costaba ir en bicicleta, porque el sillín les quedaba alto y las patitas no les llegaban a los pedales; y cuando, en una ocasión, el benjamín de los Esterhazy se cayó dentro de una papelera y no acertaba a salir de allí, el Príncipe exclamó: “¡Esto no puede seguir así! ¡Hay que poner algún remedio al asunto!”.

 

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Tres días estuvo encerrado en su alcoba, cavilando. Al cabo, el Príncipe dijo: “Deseo que cada uno de mis nietos viaje a un rincón del mundo para buscar esposa y fundar una familia. El mundo funciona de este modo: las liebres chiquitas tienen lebratos chiquitos, mientras que las liebres grandes se van haciendo cada vez mayores, hasta el punto de que sus críos casi ni caben en las cunas. Por eso, los Esterhazy tienen que buscarse esposas de estatura alta. ¡Cuanto más altas, mejor!”.

Un día, cuando la primavera estaba a la vuelta de la esquina, el Príncipe se puso su calzón más elegante, que era de terciopelo, en color rojo vino, y condujo a todos sus lebratitos a la Estación de Occidente de Viena. “¡No lo olvidéis!”, les dijo a sus nietos. “¡Os merecéis lo mejor, no os conforméis con menos! Zanahorias, lechuga y perejil, ¡pero que sean frescos! Y sobre todo, ¡nada de golosinas!”.

La camada de nietos empezó a lanzar vítores de júbilo y admiración e hizo llover sobre el Príncipe una lluvia de pildoritas de chocolate.

El nombre completo del más joven de los Esterhazy era Su Ilustrísima Miguel Pablo Antón María Infante Esterhazy XIIDCCXCII de Salatina, Conde Principesco de Zanahoriastetten, Conde de Endiviastein, Señor de PerejilburgoPuerringen y Remolachoff.

Aunque naturalmente, nadie lo llamaba así. En primer lugar, porque nadie puede recitar un nombre tan largo; y en segundo, porque a las liebres siempre se las llama por su nombre de pila. ¡Tened esto muy en cuenta! Esta es la razón, y no otra, por la que de ahora en adelante llamaremos a nuestro héroe Esterhazy, a secas.

Así que Esterhazy, como habíamos dicho, era el menor de todos los Esterhazy, y por eso también fue el último en partir hacia tierras lejanas. La familia había decidido que tendría que irse a hacer fortuna a Berlín. En la víspera de su marcha, el Príncipe lo llamó a capítulo y le dio un par de buenos consejos: “Es ahora o nunca, querido nieto”, le dijo. “Si quieres acabar teniendo una familia como toca, necesitas procurarte una esposa. Antes que nada, tienes que prestar atención a un aspecto: que sea lo más alta posible. Y otra cosa más”, agregó. “Las liebres de Berlín viven todas detrás de un muro muy alto. ¡Vaya usted a saber por qué! Pero no hay que tener ningún miedo. Quien busca, encuentra”.

 

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Esterhazy, agradecido, besó la pata del viejo Príncipe, se subió al tren y puso así rumbo a Berlín. Por la ventanilla, veía a sus abuelos y a sus padres, a sus tíos y tías, a sus hermanas y a sus innumerables primos, que agitaban sus pañuelos, diciéndole adiós con lágrimas en los ojos.

Después de un rato, se arrellanó en el mullido asiento de primera clase, emocionado y feliz. “Tendría gracia”, pensaba Esterhazy, “que no encontrase yo una esposa enorme y exótica en el enorme y exótico Berlín; y cuando la haya encontrado, menuda vida regalada nos vamos a dar los dos”.

 

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Cuando el tren llegó a la Estación del Zoo de Berlín, bailaba en sus labios una amplia sonrisa enigmática. Pero nadie había ido a recogerlo, ni había nadie allí para ocuparse de él.

La estación le pareció tirando a mugrienta y lóbrega, y hacía mucho frío. Había tipos raros pululando por ahí. Se lanzaban unos a otros miradas de pocos amigos y a Esterhazy no le gustó ni un pelo la facha que tenían, como de tener mucha hambre. Empezó a dar saltitos todo a lo largo de un sinfín de hileras de taquillas de la consigna, buscando una salida. Subió y bajó las escaleras a brincos, pero no logró encontrar la dichosa puerta.

Al fin se le acercó un perro y lo estuvo olisqueando. Era uno de esos perros machotes que Esterhazy no soportaba. El perro se le quedó mirando fijamente y le soltó este ladrido: “A ninguna liebre se le ha perdido nada en esta estación. Si no desapareces de inmediato, voy a hacer albóndigas contigo”.

 

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Y acto seguido señaló con el hocico una puerta giratoria; era una puerta cuya existencia Esterhazy no había advertido. Y por ella pudo por fin acceder a la calle.

Fuera estaba todo muy bien iluminado y por doquiera había destellos de coches, semáforos y gente.

 

 


 

 

Aquest llibre el trobareu a la biblioteca i us el podeu emportar en préstec durant 30 dies.

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