Deixa’m que t’expliqui una història… “Aldwyn y la profecía” d’Adam Jay Epstein i Andrew Jacobson

 

Des de la Sala infantil i juvenil de la Biblioteca Joan Triadú us volem recomanar alguns dels nostres llibres favorits I*** (d’ 11 a 13 anys). Històries d’humor, de fantasia, de misteri, d’aventures…

Anirem fent les recomanacions seguint l’ordre alfabètic d’autor: cada entrada del bloc, una lletra de l’abecedari. I compartirem amb vosaltres el primer capítol per enganxar-vos a la història.

Si voleu saber com continua… veniu a buscar el llibre a la biblioteca!

 

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Aldwyn y la profecía/ Adam Jay Epstein y Andrew Jacobson. Barcelona : Ediciones B, 2011.

 

La màgia ja no és només per als mags!

En el desesperat afany per salvar la vida Aldwyn troba refugi en una estranya botiga de mascotes. Un moment després, es presenta Jack, que va a la recerca d’un familiar, una mascota màgica que serà el seu animal de companyia. 

Aldwyn sempre ha sabut que és astut, però ¿màgic? Però, per tal de salvar la seva vida està disposat a intentar-ho.

Ara només ha de convèncer els altres familiars, la setciències Skylar i l’amigable granota Gilbert, que ell és el poderós gat màgic que alguns diuen que és.

Quan la reina Vastia segresti a en Jack i els altres mags, AldwynSkylar i Gilbert emprendran una desesperada carrera per intentar rescatar-los, i veuran les seves vides transformades per sempre.

 
 

 

ALDWYN Y LA PROFECÍA

 

La pesca del día

 

Todo comenzó con un cosquilleo en los bigotes de Aldwyn, algo que siempre le ocurría cuando tenía hambre. En los últimos meses la comida se había vuelto cada vez más difícil de conseguir. Las acostumbradas vísceras de pescado o mollejas de pollo que ensuciaban los callejones no estaban por ningún lado, y un gato vagabundo tenía que hacer un esfuerzo adicional incluso para tener una comida completa al día.

El cosquilleo en los bigotes empezó una mañana temprano, cuando Aldwyn estaba sentado en lo alto de un tejado, mirando con indiferencia el panorama. Su roñoso manto de pelo negro y blanco parecía no haber sido lavado nunca, lo que era más o menos cierto. Le faltaba un trozo de la oreja izquierda del tamaño de un mordisco, un recordatorio de una escaramuza con un pitbull furioso cuando era un gatito.

Desde su posición, Aldwyn podía ver todo Torrepuente, hileras e hileras de edificios de dos plantas que flanqueaban una red de calles estrechas y adoquinadas. Envueltos en sus capas, los vigilantes de la ciudad se apresuraban a terminar sus tareas antes del amanecer: uno apagaba con un matacandelas en forma de campana las velas de los faroles con los que se iluminaban los callejones más oscuros de la ciudad; otro echaba paja en la arteria principal para atenuar el ruido de las ruedas de los carros y las pezuñas de las mulas que pronto empezarían a traquetear por las calzadas. Los ojos de Aldwyn se arrastraron hasta la atalaya de mármol blanco y reluciente que destacaba con su altura sobre el resto de edificios de la ciudad. El puesto de guardia había estado vacío por más de medio siglo, desde que la reina Loranella, la valiente y noble maga, había ayudado a repeler el levantamiento del Ejército Muerto. En lo más alto de la aguja que remataba la atalaya, ondeaba una bandera con el escudo de armas de Torrepuente: un águila bicéfala que sostenía un arco y una flecha en una garra y una varita mágica en la otra.

Aldwyn también podía ver más allá de las murallas blancas que rodeaban la ciudad: justo al oeste, pegado a la pared exterior, estaba el río Ebs; al este, las llanuras Aridifianas y los bosques del reino. Pero él nunca había puesto un pie fuera de Torrepuente, y no tenía intención de hacerlo jamás, pues se sentía cómodo en las calles de la ciudad que conocía tan bien.

Con el primer rayo de luz del amanecer, la campana de la mañana repicó con alegría y despertó a Aldwyn de su ensoñación. Su atención se dirigió entonces a la puerta trasera de la pescadería y pollería local: iba a esperar pacientemente hasta que el pescadero apareciera con la pesca del día. Robar era una de las estratagemas favoritas de Aldwyn para llenarse la panza, pero eran muchas las que tenía a su disposición. La última noche, por ejemplo, estuvo actuando, es decir, arrullando como una paloma para obtener trozos de queso de una anciana ciega que alimentaba a los pájaros en el parque.

En efecto, ahí estaba puntual el pescadero, de camino a su tienda, cargado con una pesada bolsa de arpillera que goteaba. Y aunque Aldwyn no podía ver qué había dentro de la bolsa, podía olerlo: ¡platijas del río! Cuando el viejo cerró la puerta de la tienda tras de sí, Aldwyn empezó a contar con los dedos de la pata:

Uno… dos… tres… cuatro.

Como todas las mañanas a esta precisa hora, el pescadero abrió la ventana para ventilar la cocina mientras echaba el pescado en un cubo que tenía a su lado. Ahora Aldwyn podía empezar a descender del tejado. Bajó por la pared dejando marcas de arañazos en la madera y cruzó el callejón con rapidez, rodeando los charcos que había dejado la lluvia de la noche anterior. Un mapache de orejas cortas salió cojeando de detrás de la esquina, intentando no apoyar su peso en una de las patas traseras, que estaba herida.

– Buenos días Aldwyn – dijo el mapache -. Oí que el carro de la leche tomará un desvío mañana para el festival del Escudo. Pasará por la plaza del Verdugo.

– Gracias por el soplo – respondió Aldwyn -. Trataré de empujar una jarra por la parte de atrás cuando rodee la Piedra del Jeroglífico. Asegúrate de estar allí para lamer un poco.

Aldwyn había desarrollado la costumbre de pensar tres comidas por delante. Empleaba todos sus recursos, desde la observación atenta a las alianzas clandestinas. Encontrar comida era un trabajo de tiempo completo, y además era agotador. Una granizada inusitada en medio del verano había arruinado la mayor parte de la cosecha de otoño de Torrepuente, que por lo general era abundante, y ahora, hambrientos, los lugareños se comían los callos y las vísceras que antes tiraban.

El mapache asintió con la cabeza y Aldwyn regresó con rapidez a la tarea que tenía entre manos. Después de saltar sobre los cajones apilados bajo la ventana del pescadero, esperó a que el viejo acabara de limpiar y destripar la platija. Aldwyn era muy paciente; sabía por experiencia que habría un momento en que el pescadero se distaería. Un cliente llamando a la puerta delantera, una visita a la letrina o un cuchillo desafilado le darían a Aldwyn la oportunidad que necesitaba para atacar.

– ¡Ven aquí, hay una araña en la cama! – chilló una voz estridente escaleras arriba.

Así que hoy fue la esposa. El pescadero dejó el cuchillo y salió corriendo de la cocina.

– ¡Ya voy! – dijo.

Aldwyn no vaciló. Tan pronto el viejo desapareció, saltó al alféizar y se coló. Una vez dentro de la cocina, abarcó con rapidez el desorden de tablas de picar, cuchillos sin lavar y balanzas de peltre manchadas con vísceras de pescado secas que había en la mesa. Luego bajó de un salto al suelo de madera. El penetrante hedor de la anguila en salmuera, que las tablas de pino habían absorbido a lo largo del tiempo, invadió la nariz de Aldwyn e hizo que su estómago rugiera con deleite. El delantal del pescadero, manchado con huellas sucias, estaba colgado en el pomo de la puerta del saladero. Hacía tiempo que merecía que lo lavaran en el río. Las tiendas de lujo de la plaza principal quizá tuvieran mostradores más limpios, pero a él qué más le daba: la platija aquí sabía igual de bien.

Aldwyn avanzó sigilosamente hasta el cubo y agarró un pez plano y grande con la boca. Pronto estaría dándose un banquete en lo alto de las chimeneas de la ciudad, disfrutando de un buen…

¡Zas!

Una trampa para gatos atrapó la cola de Aldwyn, que por centímetros había salvado el cuello. Al darse la vuelta, vio una espiral metálica enrollársele en el pelo. Conteniendo el impulso de lanzar un grito ensordecedor, sepultó sus bigotes en las patas delanteras y emitió un quejido apagado. Después de la conmoción inicial, en su mente había una sola pregunta: ¿Desde cuándo el viejo pescadero instalaba trampas?

Entonces las cosas pasaron de mal a peor, porque del saladero emergió la figura oscura y ominosa de un hombre envuelto en una capa negra y con cicatrices de arañazos en la cara. Calzaba botas de cuero negro con punteras de bronce y llevaba una ballesta colgada del hombro. Sus ojos encendidos brillaban con cruel deleite.

– Te atrapé – dijo la figura misteriosa.

 

 

 


 

 

Aquest llibre el trobareu a la biblioteca i us el podeu emportar en préstec durant 30 dies.

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